Estreno Especial

Dulces sueños

(Fai bei sogni, Italia, 2016, DCP, 131’, AM13)
Dirección: Marco Bellocchio. Con Bérénice Bejo, Valerio Mastandrea.

Turín, 1969. La idílica niñez de Massimo, 9 años, se quiebra por la misteriosa muerte de su madre. El pequeño se rehúsa a aceptar esa brutal pérdida, incluso si el cura dice que ella ahora está en el Cielo. Años después, en los 90, Massimo, ya adulto, se ha convertido en un criterioso periodista. Pero empieza a sufrir ataques de pánico. Mientras se prepara para vender el departamento de sus padres, es forzado a revivir su trauma pasado. Elisa, una doctora compasiva, podrá ayudarlo a abrirse y confrontar sus heridas.

2016: Premios David di Donatello: 10 nominaciones incluidas Mejor Película y Director

2016: Festival de Gijón: Sección oficial

«La marca indeleble de ver el ataúd de tu madre cuando se es un niño. Tragedia incomprensible y seguramente imposible de gestionar. No hay palabras de consuelo, de justificación, pero el silencio tampoco es una buena opción. Los adultos se vuelven niños huidizos, y los niños, adultos contestatarios, en un juego de identidades y caprichos, de dolor y muerte, que acaba convirtiendo el recuerdo imborrable del duelo en el signo que marca una personalidad. Para siempre. La personalidad triste del que ha visto morir a su madre y crece creyendo que le dio un infarto en lugar de saber que se lanzó por una ventana.

Marco Bellocchio, anciano de 77 años, intelectual crítico, sabio del sentido común, geógrafo del poder en Italia, el político y el social, el del gobierno del país y el del gobierno de la casa, ha compuesto una película extraordinaria sobre el misterio de la pérdida: el de una madre, el de la infancia, el de la felicidad, el del futuro. Felices sueños es una obra sobre la angustia que se ve a través de ráfagas, de pinceladas impresionistas sin una pizca de sentimentalismo, de subidas y bajadas del espíritu, como las de la madre antes de morir, que igual explosionaba en el placer de un baile casero que se derrumbaba sin rumbo en un autobús de línea, depresiva hasta querer abandonarlo todo con un último vuelo.

Bellocchio, que comenzó su carrera a los 26 años con Las manos en los bolsillos (1965), una película tan madura que ya parece la obra del viejo juicioso que es ahora, lleva 50 años radiografiando el aislamiento de la burguesía italiana. Aquí, en Dulces sueños, con un relato en dos tiempos, el de un chaval de nueve años, a finales de los 60, el de un periodista casi cuarentón, en los años 90, el director de La condena y La sonrisa de mi madre ofrece un curso de puesta en escena y montaje, de tratamiento de las elipsis y de los insertos, a través de una fotografía de piso viejo italiano, ocre, marrón, de habitaciones amplias y ventanales cerrados, de tele puesta en el salón con las luces apagadas. Poesía visual, lírica y trascendental, en la que unas imágenes de Raffaella Carrà o de La mujer pantera, de Belphegor o de un concurso de saltos de trampolín, pueden ejercer de metáfora de toda una vida.”.

Javier Ocaña – Diario El País

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