Domingo 4/6, 19:30 hs.

Película del mes.

Cuatro noches de un soñador

(Quatre nuits d’un rêveur, Francia / Italia, 1971, Digital, 87’, AM18)
Dirección: Robert Bresson. Con Isabelle Weingarten, Guillaume des Forêts.

A diferencia de lo que se estila hoy en Córdoba, los puentes fueron antiguamente algo más que un lugar para que la policía detenga conductores. Habría que cruzar informes de tránsito y de arrestos para dar con la fecha exacta en que se instalaron estos controles (relevo la tarea a quien guste). Pero antes de que eso ocurra, un puente podía ser un ámbito de lo más acogedor para por lo menos dos actividades: 1) el suicidio 2) el romance. (En el primer caso parece más evidente, pero pienso que ambas opciones se ven favorecidas por la conveniente distancia del agua). Cuatro noches de un soñador documenta los efectos de esa extravagante época en las vidas de dos jóvenes que se conocen en el Pont Neuf, con ella a punto de decidirse por 1 y él cruzando el puente con alguna ilusión de 2. La película, adaptación de una novela corta de Dostoievski (Noches blancas), cuenta las cuatro noches en las que Jacques y Marthe primero se conocen, la noche siguiente él le cuenta su vida, la tercera es ella la que habla, y finalmente hay una cuarta noche hecha de las consecuencias de estos encuentros y relatos, derivaciones que oscilan entre lo maravilloso, lo cruel, lo absurdo, y lo profundamente realista. La estructura de vueltas temporales resulta muy rara tratándose de Bresson, que no era precisamente proclive al flashback. Y más que un cuento romántico, desprende un aroma de amour fou –que es como aman los franceses–, en una atmósfera enrarecida por la inestabilidad de Marthe, por la oscuridad nocturna y los reflejos celestes sobre el Sena, pero también por el tono verduzco del día y el departamento de Jacques, repleto de figuras sin rostro y presidido por un grabador en el que, con una ligera licencia poética, anota oralmente sus fantasías. Hay un momento en que un joven irrumpe en el espacio de Jacques y se habla frontalmente de arte, circunstancia que no recuerdo que se repita en otra película de Bresson. La charla, más bien un monólogo a cargo de este tercer personaje que también desaparece muy rápidamente, deja ese sabor a ironía seca que tienen en El diablo, probablemente las discusiones sobre política, religión y ecología. Pero también está la música, que en forma de folk, de blues y hasta de una especie de bossa nova, ingresa repetidamente a cuadro y se percibe como un elemento ajeno a la película pero del que ésta no puede desprenderse. Es un lugar parecido al que tiene la ronda en torno al flautista en El diablo, probablemente, o la radio que ruge en Al azar Balthazar. Me sorprenden todos estos interludios musicales, en los que resuena la singular mezcla de escepticismo, atracción y perplejidad con que Bresson miraba a los jóvenes y sus modas. Martín Alvarez (Revista Cinéfilo Nº12, Retrospectiva Robert Bresson)